Estiró la goma amarilla sobre su brazo, para que las venas estuvieran acorde al pinchazo. De repente, la puerta del camerino se abrió de par en par:

¡Vamos! – le dijo su manager – Ya la gente no da más…hay que empezar.

Se quedó con la jeringa en la mano. La miró con tristeza. La dejó en la mesa, y tomó un

sorbo de whisky. Agarró la guitarra y el solo sangró en el aire. El rock voló por toda la habitación y pegaba contra las paredes. Su voz sonó raspada, pero afinada. Cuando terminó, volvió a tomar la jeringa. Y, tal cual pasó antes, la miró con ojos de esposo engañado. Sin soltarla, levantó la cabeza y vió una cruz colgada en la pared, con un Jesús que miraba el piso, como avergonzado. Bajó su vista y el sollozo salió lento, solitario y triste. Al mismo tiempo, apretó la parte de atrás de la cánula, y el líquido se esparció por el espacio, como buscando volar hacia el infinito y hacia otras humanidades rotas.

            Cuando terminó, volvió a mirar al Cristo, que ahora, con su cabeza levantada, le sonreía,  inerte y feliz.

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