Paris, 30 de Junio de 1897
Querida Louise:
Podría empezar esta carta, con el encabezado que diga “Amor mío”, o, quizás, “Vida mía”, pero sería muy optimista de mi parte. Sé que, a veces, el amor no es suficiente para llenar las ansiedades personales, o el destino, en este caso.
Te recuerdo siempre a la salida del hospital, con tu cofia blanca y almidonada, el uniforme de enfermera ajustado a tu cuerpo, ese uniforme insasiable, que varias veces quité con furia desmedida. Tus labios, rojos, pulposos, ardientes, eran cómplices de la historia, y me daban celos el solo verlos, sabiendo que besaban en otros lados que no quería ni siquiera imaginar.
Como decía, te recuerdo saliendo por la puerta vieja, en la que siempre te parabas por unos minutos para mirar hacia los lados, como pensando que alguien te seguía. Y yo, desde la ventana del bar de enfrente, sonreía enamorado.
Creo que la vida fue justa con nosotros, y te amé lo suficiente, casi tanto como te amo ahora a la lejanía. De todas maneras, cada noche al acostarme, sigo sintiendo tu olor; mi piel no se acostumbra a estar sola, y tampoco lo quiere. Creo que aprendí a convertirme en un solo músculo contigo, dándote masajes en el alma cada vez que me lo permitías. ¿Podríamos volver a amarnos desaforadamente, sin intervenciones divinas? Quizás, pero, también, habría que ver si es justo. Pero ya sabemos que la vida no es justa, es solo vida, y es solo una.
Hoy recordé nuestra última noche juntos. Me acuerdo como rozaba con mi dedo, suavemente, los pliegues de tus pechos. Como besaba tus muslos mientras tu cerrabas los ojos y me dejabas hacer. Pero, también, en mi mente explotó la visión de tu esposo entrando con el cuchillo en la mano, y, al mismo tiempo, la sangre esparcida. Pero todo es un dejo de ficción, entonces, nuevamente volvemos al amor, a tocarnos en la penumbra, a saber que todo será eterno.
Hoy quiero escribirte esta carta, pero no será la última, como tampoco lo serán mis besos. ¿Acaso piensan que la muerte realmente nos separa? Nadie sabe nada de la vida, y tampoco de la muerte.
Voy a dejarte por un rato, porque debo ir a verte. Sé que la otra habitación no es lo más confortable, pero tenerte aquí tan cerca, me llena de alegría y de ansiedad, aunque no puedas hablarme. Como te dije anteriormente, decirte “vida mía” ya no sería correcto, pero creo que “cielo mío” es la más cercana a la realidad.
Amor, se que quedarón truncos los planes de los hijos, de los viajes; me doy cuenta dentro de mi conciencia lacerada por recuerdos. Pero hay algo que me alegra, y es que ya no sufrirás. Y no pienses que está será la carta de despedida, como digo más arriba. Es solo poder acostumbrarme a mirarte, embalsamada y eterna. Y esperar lo que sea necesario para encontrarnos donde debamos encontrarnos, quizás en el cielo eterno, quizás en la tierra seca, quizás en las alboradas, en campos de azucenas, o, quizás, solo en la nada.
Con amor, eterno y perdido
George