Corríamos como locos por Ruamayor, sin importarnos la hora. Me imagino que serían entre las tres y las cuatro de la madrugada. Todos dormían, y nuestros pies se me antojaban que hacían ruidos cual cascos de caballos. Ella estaba un poco rezagada, y yo, cada tanto, miraba hacia atrás, como para ver que me estaba siguiendo. Me interesaba llegar (no sé porque) hasta la iglesia de Santa María. El Arrabal se me hacía, en esos momentos, hermoso bajo la luz de la luna.
Llegamos totalmente extenuados. Abrimos despacio y un gran chirrido nos dio la bienvenida, y, de paso, nos asustó un poco.
¿Cuándo la empecé a amar? Quizás cuando la vi salir del hospital de Sancti Spiritus con su ropa de enfermera. Ya la guerra hacía unos meses que había terminado, así que me imagino que todos, fuera de algún que otro enfermo, trabajaban las horas normales. Así, como decía, empecé a ir todos los días frente al hospital, para verla salir. No sé cuanto tiempo pasó, quizás un mes, hasta que me atreví a cruzar y hablarle. Caminamos mucho, yo siempre unos cuantos pasos atrás. Cruzamos en un momento la Plaza de Cachupín, bajo un calor bastante agudo. Aceleré y le toqué el brazo. Eva (que así se llamaba) pegó un brinco.
– Eyyy…- dijo ella, sorprendida.
– Perdón – dije rápidamente – solo quería preguntarte algo…- dije, enrojeciendo.
Ella sonrió, y mi mundo, el que yo conocía, a partir de ese momento, murió. Supe que estaba perdidamente enamorado.
Nos sentamos en un banco de la plaza, y hablamos. Mucho.
La volví a ver al otro día, y al otro, y así pasaron los meses. Caminábamos por La Salvé hasta El Puntal, y nos quedábamos horas mirando el mar.
Sucedió lo que debía suceder. Nos enamoramos, y, por supuesto, ella era casada. Su esposo, un pescador, el cual fue el pretendiente elegido por su familia.
Estábamos totalmente extenuados de correr. Su marido nos había encontrado en la casa, besándonos bajo la hermosa luna de Laredo. Él venía detrás.
La puerta de la basílica se abrió de par en par. El tipo entró, endemoniado, y en ese momento solo atiné a mirarlo, y en mi interior, a tratar de creer en Dios.
El tiro salió directo a la cara de Eva, y su muerte fue una más de las tantas que suceden en el mundo. Él se arrodilló, puso la pistola en su cabeza, y disparó.
Un cura gordo salió en camisón, se persignó, y largó un sollozo largo y casi silencioso. Me hubiese gustado poderlo abrazar…